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Psicología positiva: cómo puede ayudar en depresión y estrés

Jesús
25 de febrero de 2021
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Me encanta poner a prueba las cosas que aprendo, como recientemente ha sido el mundo de la psicología positiva. Experimentar con formas de trabajar, de pensar, de actuar o de relacionarme con las personas. Suele llevarme a situaciones incómodas, de las que aprendo a tope.

En un mundo en el que abundan las noticias y mensajes que solo buscan captar nuestra atención a cualquier precio, hay que andarse con ojo.  No puede uno fiarse de casi nada de lo que le dicen, siendo crucial pensar de forma crítica y contrastar.

Por eso, cuando el otro día llegué a un estudio de psicología positiva que revisa la relación entre ayudar a los demás y una reducción de los síntomas de ansiedad y depresión, me pregunté si realmente sería cierto. En mi línea, decidí poner el tema a prueba, a ver qué tal.

Psicología positiva: ¿ayudar a otros o priorizar lo nuestro?

Lo primero era investigar lo que dice la ciencia sobre uno de los aspectos claves de la psicología positiva, que tiene que ver con centrarnos mirar menos hacia dentro y más hacia el grupo.

Porque es algo obvio: a todos nos gusta ayudar y nos parece algo positivo. Nos sale de forma natural. Cuando alguien pide por la calle y damos unas monedas, si ayudamos a un anciano a cargar su compra… hay mil ejemplos de que colaborar con otros nos hace sentir bien. Nos da vidilla. Tal vez sea así porque alimenta nuestro ego, nos hace sentir relevantes, o una mezcla de ambas cosas… y un poco más que falta.

El médico y psicoterapeuta Alfred Adler ya señalaba el siglo pasado que depresión y ansiedad podían combatirse a través del interés en la sociedad, en aportar algo a los demás. No es, vaya, un concepto nuevo ni exclusivo de la psicología positiva.

Nuestro sentido común coincide con la lectura de la ciencia (al menos el mío), pero me alegra que haya información sólida al respecto. En una sociedad cada vez más estresada, este podría ser el punto de partida para sentirnos más plenos, más vivos.

Si está tan claro, los estudios lo confirman y nuestro sentido común también, ¿por qué no lo aplicamos más? Esa era mi gran pregunta, que me llevó a hacer un cambio de actitud.

Durante veinte días me centré en servir a los demás. El resultado ha sido absolutamente espectacular

Decidido a poner a prueba todas mis creencias sobre psicología positiva, me propuse un pequeño reto: durante veinte días me aseguraría de hacer algo por los demás en cada jornada. No de forma casual, según surgiese la ocasión e improvisando, ni tampoco siendo más amable en general. No. Ayudar con premeditación y alevosía, planeando bien el gran golpe.

¿De qué formas lo hice? Estableciendo las acciones que llevaría a cabo. Marqué como objetivo prioritario servir a los demás siendo un impacto positivo en su día. Es decir: aportarles algo que hiciese su existencia aunque solo fuese un poquito mejor esa jornada. De esos detalles que arrancan una sonrisa, y no cuestan demasiado. Así:

  • Realicé tareas que no me correspondían para ahorrárselas a otros.
  • Dejé diez euros de propina por un café a mi camarero de siempre.
  • Me aseguré de decirle a varias personas lo mucho que me aportan.
  • Dediqué tiempo a hacer algo que ilusionaba a mi pareja.
  • Hice un regalo sin que hubiese necesidad de justificarlo.

Como veis, no son necesariamente grandes cosas. Se trata de pequeños gestos que no me costó tanto llevar a cabo, y que produjeron un efecto inmenso en mi ánimo. ¡Increíble!

Y es que dedicar tiempo a pensar en cómo iba a servir cada día a los demás redujo mi estrés, al proporcionarme esperanza e ilusión. Se parece a esa sensación de tener un regalo escondido en el armario que estás deseando entregar a un ser querido. Cada día llevaba conmigo ese regalo, oculto en las profundidades de mi mente.

¿Qué voy a hacer mañana para servir a otros?

Esa era la pregunta que me hacía por las noches desde que empezó mi modesto experimento sobre psicología positiva.

Aunque soy una persona centrada en mis objetivos y planes de vida, me he dado cuenta de que no estaba dejando el espacio suficiente para los demás. Mis días estaban programados en función de lo que consideraba clave para mi bienestar: mis ideas, mis metas, mis plazos. Yo. Yo. Yo.

Por puro desconocimiento, no me había percatado de lo genial que es encontrar tiempo para desarrollar ese lado tan positivo que todos tenemos: la conexión con el grupo. No solo con la gente de nuestro círculo, sino también con quienes se cruzan en nuestro camino por casualidad, pasando por él casi de puntillas. Todos son importantes aunque, si no ponemos atención en hacer que se note, podemos darlos por garantizados y omitir su excelencia.

Poner en valor al otro nos da perspectiva dentro del grupo

Poner en valor al otro hace que este se centre un poco más en lo que tiene, y menos en lo que le falta. Al tiempo, desarrolla nuestra capacidad de apreciar lo bueno, que a menudo es muchísimo. Haciendo ese pequeño gesto de servicio empecé a entrenar mi capacidad para valorar, casi sin darme cuenta. A conectar y abrirme a los demás, que es algo que me cuesta mucho.

Eso no solo redujo mi estrés en cuestión de días, sino que me aporto una dosis de esperanza y alegría tan bienvenida como inesperada. Literalmente, me noto más animado, y sé que es por eso, porque lo noto.

“Eres lo que haces, no lo que dices que harás”. Carl Jung

En su libro How to stop worrying and start living, Dale Carnegie cuenta esta anécdota: decirle a alguien lo bonito que es su perro conduce siempre a que el dueño sonría y dé unas palmaditas de afecto a su mascota. Renueva su apreciación por ese compañero tan noble.

Como os decía, soy de poner todo a prueba. Así que, cuando tuve ocasión, le dije a una señora lo bonito que era su perro. 71 años después de que Dale publicase su obra, ese pequeño elogio sigue poniendo una sonrisa en los labios de la dueña, y unas palmaditas en la cabeza del perro. Qué guay.

La psicología positiva es una pieza más del rompecabezas

Desde entonces, procuro seguir el consejo que os indicaba con la cita del psiquiatra y psicólogo Carl Jung. Por eso, al final de la jornada ya no me pregunto qué haré mañana por los demás, sino qué he hecho hoy. He comprobado que no me cuesta nada conectar un instante, y hacerlo me genera una satisfacción enorme.

Con esta reflexión acabo: mi actitud estos días me ha enseñado que una cosa era saber que aportar algo bueno a otros es positivo, y otra muy diferente es sentirlo. Para conseguir esto último, hay que pasar del dicho al hecho. Y, aunque haya largo trecho, os aseguro que me alegro un montón de haber dado el paso.

Os animo a hacer lo propio. La psicología positiva, en este caso en forma de abrirse a los demás y centrarse menos en uno… eso es puro oro. Probadlo y me contáis qué tal.

<h2 style="color:white;font-size:35px">Jesús</h2>

Jesús

JMT Psicología

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