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Miedo a morir: más bien miedo no vivir al máximo

Jesús
24 de marzo de 2021
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Este post sobre el miedo a morir viene a cuento de un documental muy raro sobre un tipo al que llaman “el hombre de hielo“, que es capaz de hacer cosas extraordinarias como pasarse horas en agua helada. Lo sé, es una cosa bastante extraña. Pero no os preocupéis, porque no voy a hablaros de eso.

Más bien, me gustaría tocar una de las frases que el hombre de hielo suelta en el documental, que me dejó pensando. Me preguntaba yo, y justo él respondía, ¿acaso este señor no tiene miedo a morir? Lo digo porque lo que hace es francamente arriesgado.

No tengas miedo a morir, sino a no vivir al máximo

Seguro que esta sentencia os llega si os paráis a pensarlo.

A mí desde luego que me removió algo dentro, porque muchas veces he sido de los que dicen no a las cosas. No a aquello que desconocía, me daba miedo o creía no poder soportar. Me he perdido experiencias por miedo. Algunas de ellas me da pena haberlas dejado pasar, otras no creo que realmente fueran para mí y, las menos, creo que acerté al esquivarlas.

El caso es que esa idea resonó enormemente en mi interior. Pero no solo por lo que dejé de hacer, sino también por cómo afronto mi existencia. ¿Lo estoy haciendo bien, regular… o mal? Nadie nos enseña eso.

Con certeza habéis atravesado una situación difícil en vuestra vida, de esas que os toca un poco porque sí. Si os habéis planteado qué sentido tiene todo, o si alguna enfermedad os ha puesto contra las cuerdas, tal vez podáis conectar con esta idea. Lo digo porque, más allá de una sentencia bonita y superficial, se esconde una máxima poderosa, que nos habla de quiénes somos realmente al final del día: en ese momento en que se apaga la luz, nos quedamos solos con nuestros pensamientos y abrazamos la incertidumbre del descanso.

El miedo a morir es algo muy natural

En mayor o menor medida, creo que cierto miedo a morir es universal, supongo. Es útil tenerlo, porque al ser adaptativo nos ahorra incurrir en conductas peligrosas que amenazan la supervivencia. Esto sucede en forma de pensamientos automáticos, de los que hablaré otro día, pero que serían algo así:

  • Pensamiento automático (punta del iceberg cognitivo): voy con cuidado al cruzar la calle porque soy prudente.
  • Pensamiento automático (iceberg cognitivo completo): voy con cuidado al cruzar la calle porque, si no actúo con prudencia, podría aparecer un coche y atropellarme. Si me atropellase, podría morir. Y, la verdad, no quiero morir ahora, y menos de esa forma.

Ahí tenéis la función adaptativa. En mi caso, en los peores días de mi trastorno de ansiedad, creía que un buen día vendrían unos señores a buscarme, me inyectarían algo potente para sedarme, y me dejarían encerrado para siempre en un hospital psiquiátrico, de esos que nos dan tanto mal rollo como los cementerios.

A veces me sentía bien, cuando realmente esas distorsiones me llevaban cuesta abajo y sin frenos. Lo ilustra bien la canción del magnífico Jeff Bridges en mi película favorita:

Falling, falling feels like flying… for a little while.

Sentía que subía… pero, en realidad, bajaba. Para caer y caer peleando por subir, hasta estrellarme cuando se agotasen mis desesperados aleteos, y terminar así mi triste historia. El pensamiento automático detrás de esa idea sencilla es el miedo a morir. Sobre todo, a morir solo. ¡Menudas distorsiones cognitivas!

El miedo es algo común en los trastornos de ansiedad

No quiero pasarme de dramático, porque me gusta enviaros mensajes de esperanza. Hoy sé que ese tipo de pensamientos son muy comunes en el trastorno de ansiedad, y forman parte de la más absoluta normalidad.

La clave de esta historia es que, en aquel entonces, vivía con enorme miedo a morir. ¿Y cómo se pasa? Horriblemente mal, claro. Tu cuerpo agota su energía y recursos dando vueltas todo el día a tales pensamientos, ante los que la ansiedad se produce como una respuesta natural. Insisto en que, aunque los pensamientos son una ficción creada en las distorsiones cognitivas, sus efectos son muy reales en el paciente. Muy duros.

Pese a ello, a menudo las malas experiencias sacan lo mejor de nosotros. Nos hacen ser quienes somos, más fuertes. Nos transforman. Incluso si nos matan, nos permiten crecer hasta el final. Vivir situaciones extremas nos acerca al sentido de la vida, desde la perspectiva que da saber que tiene un final. Que puede acabarse, y podemos arrepentirnos de no haber aprovechado nuestras oportunidades como nos habría gustado. Se trata, pues, de tenerlo claro.

Como si fuese fácil, ¿verdad? Ese es uno de los desafíos de la condición humana, supongo.

¿Y qué significa eso de vivir al máximo?

Durante muchísimos años, creí que vivir al máximo significaba escalar peligrosísimas montañas, tirarme de un paracaídas o hacer puenting. De hecho, rodeado de un grupo de amigos intrépidos y dados a las aventuras, siempre me sentí un poco frustrado por tener tanto miedo a morir.

Tales miedos que me impedirían participar de grandes aventuras, dejándome siempre con la sensación de estar en el banquillo de la vida. Ellos, sin saberlo, también me soltaban alguna vez dardos que confirmaban esta idea, comentando lo poco animado que era. Definir el valor de uno a través de la voz de los demás, me temo, también es una distorsión cognitiva.

Sin embargo hoy, habida cuenta de mi trayectoria vital, he cambiado mi idea de lo que es vivir al máximo. Salí de una familia desestructurada, conseguí independizarme muy joven y arreglármelas por mi cuenta, pasando escasez más de una vez. Estudié dependiendo de becas, sé lo que es empezar por trabajos de lo más humilde y ascender hasta alcanzar una posición laboral digna. Conservar buenos amigos, perder a otros. Cultivar mi mente y mis aficiones. Sufrir un trastorno de ansiedad, y estudiar psicología clínica.

Me he casado, tengo un hijo y quiero tener una casita en el campo. Trabajar duro y, algún día, jubilarme y ser un viejo rubicundo con tirantes al que sus nietos adoren. No suena muy increíble ni a vivir al máximo desde el estándar social. Pero es lo que quiero. Y tengo la suerte de saberlo tras vivir mis aventuras.

El miedo a morir se disuelve al encontrar nuestra forma de vivir al máximo

Creo que la respuesta al dilema existencial sobre el miedo a morir es sencilla. No se escondía en la cima del Everest, en la mochila de un paracaídas o en las sensaciones del puenting. Aunque sí por ahí cerca.

Y es que creo que, para enfrentarme a la sentencia del hombre de hielo, solo tenía que encontrar no un significado prefabricado, uno cualquiera: era necesario dar con el mío. Encontrar aquello que quiero ser y aportar antes de irme, y que puedo resumir en pocos puntos, por si os ayuda. Se trata de principios cuya construcción ha supuesto emociones fortísimas, asumir muchos riesgos:

  • Hacer amigos, de los de verdad. Tener la sabiduría de ayudarles a crecer.
  • Tener a alguien a mi lado que me quiera. Quererla yo también, y querernos a ambos, juntos.
  • Encontrar una familia de verdad, y fundar otra nueva.
  • Avivar el corazón de quienes existieron conmigo. Que la gente se alegre al verme mientras sea.
  • Ser un hombre hecho a mí mismo, libre. Que pase lo que pase, nunca me conforme con menos.
  • Retirarme a descansar al final. Disponer de unos años para rendirme a mi humanidad.

Quizá he dejado pasar algunas cosas en mi camino. Es cierto que, en mi modesta normalidad, no he sabido aprovechar todas las oportunidades que la vida me ha presentado. La psicología me ha enseñado que tampoco es obligatorio aprovechar hasta la última gota. La vida no se mide en todos-o-nadas.

Supongo que eso viene de regalo con nuestro ser. Después de todo, el miedo a morir nos mantiene con los ojos abiertos, para que no perdamos detalle de lo que tenemos ante nosotros, que es muchísimo. Probablemente más de lo que cualquier hombre pudiera abarcar, por intrépido que fuese.

Por eso cuando anoche cerré los ojos, y se me vino a la mente el documental del hombre de hielo, me sentí en paz. Porque creo que he sabido aprovechar las cartas que me han repartido… pero anhelo seguir jugando esta partida. Una vida en la que nunca dejo de aprender de las nuevas experiencias. En la que renuncio a obligarme a vivir en función de un estándar que no sea el que yo marque como hombre libre.

Siento que nunca tendré la certeza de haber vivido de la mejor manera, pero sí la tranquilidad de haberlo intentado lo mejor que supe. Con esa calma, vivo cada día lo más al máximo que puedo. Hasta ser un viejo con tirantes. Ante eso, el miedo a morir se diluye.

<h2 style="color:white;font-size:35px">Jesús</h2>

Jesús

JMT Psicología

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