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Fatiga pandémica: qué es y cómo te afecta

Jesús
11 de agosto de 2021
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El concepto de fatiga pandémica es muy reciente, pese a lo que es un problema que se estudia (y trata) en psicología (1).

Como te imaginas, fue acuñado con motivo de la situación que hemos vivido desde 2020. Me parece relevante hablar de ello, porque me consta que muchas personas se sienten solas en sus síntomas. Aunque no se trata de un trastorno mental, sí puede generar enorme malestar psicológico, como muchos me habéis contado en vuestros mensajes.

Por eso, he pensado en hablar de ella, así como exponer algunas ideas sobre lo que (creo) que podemos hacer para encajar el golpe de la pandemia lo mejor posible.

Fatiga pandémica: ¿qué es?

Cuando hablo de fatiga pandémica, me refiero a un estado mental de miedo y tensión psicológica prolongado en el tiempo, que conduce a diferentes grados de agotamiento (2).

Es decir, debido a una situación en la que el individuo no puede controlar ni escapar de la realidad en la que vive, se produce una erosión gradual del estado de ánimo. Por así decirlo, la suma de muchos pequeños factores acaba desatando un estado de estrés acusado, que puede desgastar a la persona, especialmente a medio y largo plazo. Si se mantiene en el tiempo, el estado de agotamiento conduce a la conocida como fatiga pandémica (3).

¿Cómo se manifiesta? Síntomas comunes

Aunque no creo que debamos aproximarnos a ella como una enfermedad mental, sino como un síntoma en sí mismo, la fatiga pandémica sí implica ciertas percepciones que las personas refieren con frecuencia.

Como todos, has vivido la pandemia desde el 2020 en adelante. Por eso, es posible que puedas reconocer algunos síntomas. En todo caso, en general, la fatiga pandémica presenta (4):

  • Sensación de irritabilidad, sensibilidad exagerada o impaciencia ante cosas que antes no causaban reacciones tan acentuadas.
  • Sentir mayor cansancio del habitual, o de forma constante.
  • Tener menos ganas de participar en actividades sociales (cierto rechazo social).
  • Reducción de la sensación de disfrute derivado de actividades que antes reportaban placer.
  • Dificultad para conciliar el sueño, o descanso de peor calidad.
  • Incremento del consumo de alcohol y/o comida basura, con aumento de peso.
  • Tendencia a ignorar las medidas de prevención establecidas por las autoridades.

Lógicamente, cada individuo gestiona la situación en unas condiciones distintas y, por ello, su experiencia es diferente y particular. Y todas son válidas, en tanto personales.

Pese a esto, existen ya estudios sobre tipos de personalidad que se adaptan mejor a la pandemia, manejando mejor las circunstancias desde un punto de vista psicológico (5).

¿Por qué me siento así?

Como adelantaba, no hay una respuesta única a la fatiga pandémica, sino que cada persona la vive y gestiona de una forma diferente.

Así, algunos no se han visto muy afectados en un primer momento, pero se sienten peor conforme pasa el tiempo y siguen seguimos inmersos en la pandemia. Otros sufren la fatiga tras vivir en primera línea sus efectos (6). Lo más habitual es sufrirla por el devastador efecto social y económico (7), claro, o también en gente que ha enfermado, perdido a seres queridos, su trabajo, etc.

En líneas generales, la soledad y separación entre personas parece ser uno de los factores de mayor riesgo para la fatiga pandémica, en una verdadera pandemia de ansiedad y depresión (8). Es decir: separarnos de nuestro círculo de familia y amigos, grupos sociales… perder el contacto humano, genera enorme sufrimiento psicológico. No en vano, somos una especie social.

Por lo tanto, la hipótesis que me parece más plausible es que sentimos fatiga pandémica como consecuencia de múltiples factores: estrés, miedo y alarma (muchas veces exacerbada por los medios de comunicación y la infoxicación), aislamiento social, frustración e impotencia ante la pandemia, etc.

Desde mi punto de vista, el hecho de que se sostengan en el tiempo las medidas y restricciones, además, puede generar todavía más frustración. No en vano, si estas no se muestran eficaces (no solucionan el problema de forma permanente o según nuestras expectativas), sentimos que nada es suficiente, que la pandemia no se acaba nunca.

Esto conduce a una sensación de vulnerabilidad y falta de control, que también supone un peaje psicológico, y que da sentido a dos tendencias: dejar de seguir las normas impuestas por las autoridades sanitarias (indefensión aprendida), o a afincarse en ellas, como nueva forma de vida del grupo percibido (conformismo). Todo ello explica el cóctel de por qué nos sentimos así.

Fatiga pandémica: efectos y costes en salud mental

Desde el punto de vista de la psicología, me parece muy difícil justificar las medidas de prevención aplicadas durante períodos extensísimos. En concreto y especialmente, aquellas que implican distanciamiento y evitación social, particularmente en adolescentes y niños, y específicamente en los más pequeños, toda vez que representan grupos en los que el riesgo por la enfermedad es, además, anecdótico (9).

En el caso de los bebés y niños en etapa escolar, se han reportado daños colaterales notables, de los que los padres y madres deberían ser informados, como son el retraso en el desarrollo cognitivo, motor, dificultades o desarrollo tardío del habla (10, 11, 12, 13, 14), en un cuerpo de investigación tristemente creciente. A eso deben añadirse las necesarias implicaciones derivadas de un aislamiento social en una fase crítica del desarrollo y consolidación del apego, o de la exposición a un estrés familiar elevado (15). Los efectos a medio y largo plazo de semejantes medidas y situaciones son, sencillamente, desconocidos, pues no existe un precedente, para bien o para mal.

Con respecto a los adultos, las medidas de prevención de la pandemia han conducido a sentimientos de soledad, aislamiento, estrés, ansiedad y depresión (15, 16, 17, 18). Este tipo de situaciones, sostenidas en el tiempo, tienen implicaciones sobre otros problemas de salud mental y crónicos, por lo que mi perspectiva es que el coste de mantener las medidas es elevado, lógicamente más allá de lo económico.

Datos alarmantes en salud mental

Así, en pleno 2021 ya podemos hablar de una fatiga pandémica con consecuencias en salud mental, que se manifiesta en realidades que deberían preocuparnos, y de las que no siempre se habla, como son:

  • Incremento de las ideaciones e intentos de suicidio en el ámbito de la pediatría durante los períodos pico de la pandemia (conocidos como “olas” en España) (19).
  • Aumento de las tasas de trastornos de ansiedad y depresión que conducen a suicidios consumados a partir del inicio de la pandemia (20, 21). Al hilo de esto, en España en 2019 las cifras eran de 3.671 personas (más de 10 al día en promedio), siendo 2.771 hombres y 900 mujeres, triplicando así el dato los varones. La cifra aumenta un 3,7% en 2020, y se prevé que siga aumentando en 2021 (22).
  • Las cifras de muertes por otras patologías desatendidas irá en aumento en todo el planeta, dados los recursos orientados al SARS-CoV-2 frente a otras patologías que causan más muertes, como el cáncer o las enfermedades coronarias, algo que también tendrá impacto en la salud mental de las personas, causando todavía más fatiga pandémica (23).

Una vez más, las consecuencias y efectos a largo plazo de una situación de tal estrés, sostenida en el tiempo, sigue requiriendo más investigación y es difícil de predecir. No obstante, en mi opinión, los datos no invitan al optimismo, especialmente si seguimos avanzando en la misma dirección y medidas.

Por otra parte, fuera del análisis de este artículo quedan otros costes implícitos: mayor prevalencia de otras patologías no diagnosticadas entre la población que ni ha tenido ni tendrá COVID, pero sí vivirá las consecuencias de la pandemia (24, 25), en un peaje oculto que también se ha de pagar, y cuyos efectos sólo comenzamos a ver.

¿Qué puedo hacer la fatiga pandémica?

Dado que no representa un trastorno en sí mismo, sólo existen estrategias que creo que podrían ayudar a las personas a lidiar con la fatiga pandémica.

Las he basado en la perspectiva de la Terapia de Aceptación y Compromiso (ACT), que implican una forma de afrontar la situación con flexibilidad psicológica. No se trata de resolver la pandemia, pues hay mucho que escapa a nuestro control, sino de aceptar esta situación como una experiencia más, tal y como venga.

Como es más fácil decirlo que hacerlo, aquí van algunas estrategias concretas para gestionar la fatiga pandémica, como siempre desde la mirada de la psicología:

  • No renunciar a tener una rutina, pase lo que pase, pues sus beneficios para la salud mental, especialmente en la pandemia, son notorios (26). Eso implica seguir trabajando, haciendo las comidas regulares, ejercicio y, por supuesto, cuidar las relaciones personales estrechas y sociales.
  • Salir al exterior y conectar con entornos naturales, toda vez que es algo necesario y que contribuye a reducir el estrés , entre otros muchos beneficios para la salud (27).
  • Eliminar todas las fuentes de noticias relacionadas con la COVID-19, especialmente si generan sensación de saturación. Mi opinión particular es la eliminación de todas las noticias, claro, pero existe un cuerpo de evidencia sólido para, al menos, reducirlas, especialmente en torno a la fatiga pandémica (28).
  • Aceptación empática y compasiva de la realidad, entendiendo que las personas (incluidos nosotros), tenemos diferentes expectativas de la pandemia, su evolución y resultados, evitando entrar en conflictos estériles. Los debates sobre la pandemia generan malestar psicológico y polarización entre las personas (29) y, lógicamente, no resolverán el problema. Aceptar con empatía es abrirse a la experiencia que cada uno tiene en una situación como la pandemia.
  • Emprender actividades nuevas, sin importar si son en formato digital o presencial, hacer algo nuevo es, en sí mismo, estimulante y contribuye al bienestar psicológico (30). Si llevamos a cabo una actividad (por ejemplo, hacer ejercicio o leer), podemos buscar un grupo o colectivo con el que practicar o hacer la experiencia más estimulante. Lógicamente, la actividad física es ideal dentro de las propuestas, si es que no lo practicamos ya, u otras opciones útiles para nuestra salud (por ejemplo, cocinar).
  • Mantener el contacto con los seres queridos, manejando nuestra percepción del riesgo. Pese a que la falta de contacto físico y humano es uno de los factores que puede conducir a la fatiga pandémica, también tiene notables consecuencias más allá de esto. El cariño, el afecto y la cercanía no son prescindibles, especialmente si buscamos conservar nuestra salud mental (31, 32, 33, 34), y que resulta esencial para los niños, especialmente recién nacidos (35). Con ese volumen de evidencia, y dado que el riesgo cero jamás existirá, es difícil recomendar el aislamiento a las personas, con la excepción de que haya una enfermedad manifiesta.
  • Pedir ayuda cuando la necesitamos, pues si sufrimos fatiga pandémica, podemos tener un riesgo aumentado en nuestra salud mental (36). Como es lógico, acudir a un psicólogo u otro profesional de la salud, especialmente la mental, es algo que hemos de ver como un apoyo para no dejarnos arrastrar por la situación que nos ha tocado vivir.
  • Buscar actividades placenteras y de cuidado personal, como una forma de protección. La propia fatiga pandémica nos puede conducir a abandonar aquello que nos ayuda o que solíamos disfrutar, como una buena alimentación, la actividad física, etc. En ese sentido, organizar esas actividades positivas y retomarlas puede contribuir a reducir el malestar físico y psicológico derivado de la propia pandemia (37).

Conclusión: sobre la fatiga pandémica

Es evidente que resulta complicado no sentir, en mayor o menor medida, cierto grado de malestar derivado de la situación sanitaria. El estrés, el miedo, la preocupación… muchos factores se acumulan, cuando no la propia enfermedad o las medidas restrictivas que padecemos, y que conducen al riesgo de experimentar fatiga pandémica.

Desde la perspectiva de la psicología, parece que hay mucho que podemos hacer para contrarrestar dichos efectos, protegernos y cuidar de nuestra salud. Tomar la iniciativa y dar pasos hacia recuperar o conservar una vida normal y humana es, para mí, la posición razonable: no podemos solucionar pandemia alguna por nosotros mismos, pero sí manejar el timón de nuestro pensamiento y conducta.

En esa libertad mental yace un profundo significado que, desde la psicología existencialista, supone un soplo de aire fresco. Desde el análisis de la evidencia presentada, no hacerlo podría suponer pagar un peaje elevadísimo a medio plazo, con consecuencias impredecibles, especialmente para nuestros niños. Recomendar pagarlo sin reservas, siempre desde mi análisis de la evidencia, resulta simplemente inaceptable.

La vida no es sino instante de luz entre dos eternidades de oscuridad

Vladímir Nabókov

Frente a la soledad, los sentimientos de tristeza y malestar de la fatiga pandémica, el modelo de ACT invita a abrirse a la experiencia que nos ha tocado vivir, tal cual esta es. Esa flexibilidad psicológica supone estar dispuestos a asumir el riesgo implícito a la propia existencia humana: con sus enfermedades, dificultades y problemas. Afrontar la adversidad con esa entereza diría que conduce a reducir el sufrimiento psicológico.

En suma, hay mucho que podemos hacer para gestionar la fatiga pandémica, empezando por aceptar la situación, y cuidarnos. Esto implica mucho más que dos o tres medidas, o que vivir como si sólo existiera una patología, un problema en el mundo.

Ya que analizando la información sabemos esto, quizá sólo falta, de hecho, emprender y hacerlo. A quienes me escribís, os recomendaría dar una oportunidad a esas estrategias. Os mando un fuerte abrazo y, como siempre, no dejéis de escribirme si lo necesitáis o compartir vuestras reflexiones en un comentario.

<h2 style="color:white;font-size:35px">Jesús</h2>

Jesús

JMT Psicología

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