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¿Productividad? Sí, pero de la buena

Jesús
23 de febrero de 2021
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Qué obsesión tenemos últimamente con la productividad.

Hay que exprimir más el día. Sacar tiempo de donde sea para ser más, hacer más, abarcar más. No paramos. Nada de ser mediocres, nada de aspirar a menos que ser un referente legendario en tu campo, casi divino.

Sí, yo también intento desafiarme y superarme. Tengo un plan maestro para ir a más, pero sin volverme loco. Si estás en esa onda, es posible que estas líneas en mi blog de psicología te aporten algo interesante.

Las pequeñas cosas son las que determinan la productividad

Un amigo querido con el que comí el otro día me dijo, sabiamente, que no cree mucho en los grandes cambios. Pasa de esas fórmulas mágicas que revolucionan tu vida, te hacen dar un giro de 180 grados y te convierten en el tipo del anuncio al que todos quieren más en tan solo tres días.

No. Mejor dosificar el esfuerzo, marcarse metas realistas que nos desafíen… pero que no nos quemen. Os podéis imaginar que soy muy fan de mi amigo.

El caso es que, efectivamente, creo que son las pequeñas cosas las que determinan la productividad. He reflexionado bastante sobre ellas últimamente, porque creo que organizar la rutina y potenciar la productividad positiva serán dos formas de ayudar a mis futuros pacientes.

Hay productividades buenas… y malas

No por hacer muchas cosas somos productivos. Tampoco por ser muy productivos nos estamos haciendo un bien.

Porque estar no significa hacer, ni lograr un objetivo implica satisfacción garantizada. Por eso no creo que toda productividad sea buena.

Uno puede pasarse el día en el trabajo sin aportar ni conseguir demasiado. Pero eso no es lo más grave: podemos, de hecho, pasarnos así la vida sin darnos ni cuenta. Ir postergando ese proyecto, esa idea que siempre quisimos llevar a cabo, ese sueño, esas inversiones… ponga aquí lo que usted considere, caballero.

Sin que sirva de excusa, sí veo cierto que la dinámica de este siglo loco nos estresa y nos confunde, lo que facilita que caigamos en perseguir la productividad mala en lugar de la buena. En hacer por hacer, olvidándonos del significado de lo que llevamos a cabo.

Los dos extremos diferenciados

Concretando un poco más, creo que existen dos extremos, entre los que cada uno se ubica:

La productividad mala

Hacer mil cosas a la vez a lo largo del día, sin hacer nada en absoluto. Vivir en la eterna sensación de que nunca llega nuestro momento de realizar lo que de verdad queremos hacer con nuestra vida. Ser un caos. Carecer de un plan estratégico siquiera para el día, muchos menos para la semana o el año. Ir por la vida con la apatía del conformismo. Producir mucho o poco, según sople el viento esa jornada.

Emprender mil cosas sin acabar ninguna. Esperar eternamente a que llegue el contexto perfecto para dar el paso en dirección a algo que anhelamos. Trabajar siempre bajo el mando de otros, o en los proyectos de los demás. Creer que producir es igual a trabajar.

Sentirnos insatisfechos, y seguir adelante por inercia. Carecer de significado. Rendirse. Excusarse diciendo que la vida es así, que la culpa es de los demás, del mundo o de la sociedad… de lo que sea, menos de uno mismo.

Productividad positiva

Centrarse en una cosa cada vez, y avanzar hacia el resultado. Disfrutar del proceso. Tener la sensación de que estamos en el mejor momento para hacer realidad lo que sea que queramos hacer con nuestra vida. Conducirse con orden. Contar con un plan para hoy, mañana e incluso para los años que se atisban en el horizonte. Trabajar dirigidos por nosotros mismos, por nuestra ética personal y profesional, en nuestros proyectos o en los de otros.

Creer en lo que hacemos. No conformarnos, y tratar de crecer como sea. Percibir el inmenso valor de nuestro tiempo, la importancia de lo que hacemos realidad con él, o de lo que renunciamos a llevar a cabo o nunca podremos completar por su carácter limitado. Superarse. No esconderse tras excusas y asumir el compromiso de la responsabilidad de lo que nos toca. Ser un poco peligrosos y lanzarnos a por todas.

Desde mi punto de vista, lo fundamental para ser productivos en positivo es saber de dónde partimos y hacia dónde vamos. 

Productividad = trazar un plan de acción… y seguirlo. Buscarle la razón de ser a lo que hacemos

Porque sí, todos tenemos sueños, trabajos y quehaceres. Algunas tareas nos gustan más, y otras menos.

Sin embargo, cada vez hay más gente que dice sentirse desvinculada de su trabajo. Si el trabajo ocupa una parte enorme de nuestra vida, y esta parte carece de significado… es normal que, al final, nuestra propia vida carezca de significado. Quizá por eso también hay gente que se deprime, desconecta o pasa un poco de todo, resignándose.

Así, el trabajo solo es una pieza más del puzle. Nunca me creí lo de que para ser productivos hay que trabajar más: la vida ofrece muchísimas opciones para quien quiera hacer. Son cosas distintas.

Podemos ser trabajadores mediocres, pero apasionados emprendedores con un inspirador proyecto en sus ratos libres, convirtiendo esa labor ingrata en un medio. Podemos convertirnos en magníficos padres, amigos o miembros de nuestra comunidad. Podemos mejorarnos cada día. Identificar nuestro sentido de la productividad exclusivamente con el área laboral me parece peligroso. Y falso. Lo que nos da sentido es hacer cosas: una de las cuales es trabajar. Si me tocase la lotería y me retirase, seguiría siendo productivo y haría mil cosas, aunque quizá ya no trabajaría.

Mi estrategia para mejorar mi productividad buena

Todo esto de lo que os hablo tiene que traducirse en un proceso para dar con el significado. Para que, como diría Jordan Peterson, tengamos un motivo para salir de la cama cada día, y seguir adelante cuando las cosas se pongan feas. Porque siempre se ponen feas alguna vez.

Como no quiero quedarme en un artículo superficial, os voy a dejar la hoja de ruta que utilizo. No digo que sea la mejor, pero a mí me va fenomenal con ella, y lo mismo os aporta un punto de partida. Esta es una relación de las pequeñas cosas que me han hecho ser más productivo. Van en orden de importancia:

Tener un propósito

Creo que todos tenemos una razón de ser. No sé si nos la insufla dios en la creación, si la buscamos en nuestros valores, o si simplemente es lo que nos complace hacer: cada cual que busque su justificación (si la necesita). Lo importante es que tengamos una dirección hacia la que vamos, un significado.

Eso que nos lleva a conducirnos por la vida y avanzar contra viento y marea. Si solo puedo quedarme con una cosa, lo que me saca a mí de la cama es convertirme en alguien un poquito mejor cada día, de manera que pueda sumar más a mí mismo y al mundo.

Esa es la razón que me lleva a trabajar duro, estudiar una nueva carrera, ser amigo de mis amigos, escribir estas líneas, leer o servir como voluntario. Quiero ser mejor y dar lo mejor de mí. Si no tengo nada que hacer, hago eso. Vaya bien o mal el día, hago eso. Si debo elegir y no lo tengo claro, elijo en función de eso.

Perseguir unos objetivos

Es importante que una razón de ser nos mueva, claro. Pero la energía que libera ese motor principal ha de transferirse a diferentes cosas. En mi caso, me marco objetivos a corto, medio y largo plazo (uno, tres y cinco años vista), siempre por escrito. ¿Para qué me sirve esto? Para ver el sentido global de lo que hago (y dejo de hacer), asegurándome de no olvidar lo importante, y procurando evitar lo accesorio.

No tengo tiempo que perder, porque me esperan un montón de metas, de sueños y asuntos relevantes. El conjunto resultante es un auténtico plan de vida de lo más específico, que parte de la base de la superación y la bondad que comentaba; intento que esa idea sea el telón de fondo de lo que hago, aunque soy tan humano como tú, y no siempre lo consigo.

Lo más relevante es que no emprendo nada sin marcarme objetivos: no podemos acertar con el dardo si carecemos de diana.

Contar con un plan para conseguirlos

utilizo una agenda semanal para asegurarme de que cada día está impregnado de mi razón de ser principal y de objetivos alcanzables, claros y secuenciados. Los objetivos se compran pagando con la moneda del tiempo: si me organizo y trabajo con estrategia, siempre me salen más baratos. Incluso me sobra un poco para permitirme algún que otro lujo, como tirarme un buen rato cada mañana paseando a mis perros por donde más les gusta, o no fallar en el cumpleaños de mi sobrino.

Mi agenda también incluye objetivos a medio y largo plazo, de manera que todos están entrelazados. Todos apuntan en la misma dirección: el lugar al que quiero ir. Me llevan allí de forma intencional, y no por casualidad.

Evalúo, adapto y avanzo

qué sentido tendría hacer planes si uno es inflexible, si no hay margen para aceptar el error y aprender, para la apertura. Cada semana dedico un rato a organizarme, pero también repaso lo que voy logrando y cómo me siento al respecto, para seguir avanzando por esa ruta… o por la que corresponda. Lo que ayer me inspiraba hoy puede darme igual. La gente cambia y, a la vez, lo hacen sus metas. Al menos a mí me pasa.

Organizar estas cosas, me temo, implica tiempo y esfuerzo para la introspección, que mucha gente a la que hablo de esto me dice no tener. Mi media hora semanal de organización no me la quita nadie, ni tampoco las diez o doce horas de planificación y revisión anual.

Un sacrificio y una inversión

No es que la gente no pueda permitirse el lujo de parar unas horas y organizarse: creo que, de hecho, lo que no pueden permitirse es no hacerlo. El problema es que, tal vez, no lo saben. En ese sentido, el sacrificio de la productividad positiva es, también, una inversión.

Yo también viví así durante un tiempo, entregado al 200% a mi trabajo y dándome igual todo, y la verdad es que me arrepiento de ello. No tenía ni idea, y aprendí por las malas: a base de perderme momentos, gente, proyectos. Al menos me sirvió para crecer.

Gracias a esta productividad positiva, hoy mantengo mejor el rumbo hacia mis objetivos. Y termino la mayoría de mis días con la satisfacción de saber por qué hago o dejo de hacer las cosas. Dónde estoy y hacia dónde avanzo. Esa fuerza me impulsa a seguir adelante siempre, y a levantarme cuando me caigo. Pero, sobre todo, da perspectiva a mis decisiones y más significado a mi vida. Porque, como diría Bruce Springsteen: algún día, no sé cuándo, llegaremos a ese lugar al que realmente queremos ir, y pasearemos bajo el sol. Hasta entonces, nosotros los vagabundos, hemos nacido para correr.

Que nunca nos cansemos de correr. Hoy seguro que podemos hacerlo. Mañana, nadie lo sabe.

<h2 style="color:white;font-size:35px">Jesús</h2>

Jesús

JMT Psicología

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